martes, 22 de marzo de 2016

Flores de Invierno

A Philippe lo habian vestido con unos bellisimos ropajes: una chaqueta de terciopelo azul con botones de latón, y un bonito pañuelo de seda natural verde cubria su cuello, graciosamente sujetado por una aguja de oro. Pantalones a medida y unos zapatos de hebilla dorada habian resaltado algo que habia sorprendido a toda la realeza. No le habia dado tiempo a peinarse, y a pesar  de que se notaba que habia pasado la treitena por las incipientes entradas de su frente, el mechón a modo de flequillo que le caia en rodillo por un lado de la frente lo hacia con tanta gracia como cuando guardaba cuadras.
A la realeza no le pasó por alto la elegancia y el porte de aquel joven de mirada aguda y afable, enamoradiza. En absoluto parecia entender que habia salido de entre caballos.
- Este parece de los nuestros, apenas se asemeja a un músico - comentó el Rey a la Reina.
Sin embargo, eso no ayudó demasiado a calmarlo, puesto que todo el mundo esperaba mucho más de lo que estaba dispuesto a dar. Detras de el encador flequillo se escondia una mirada jovial y amable, sincera y dulce, pero tremendamente expresiva. Y en aquel momento expresaba no más si no ganas de salir corriendo. Apenas podria salirle un hilo de voz. ¿Por qué, por qué en aquellos salones tan tremendamente frios, sentia ese ardor en su tierno corazón?.
Esa noche fue un desastre. Pidió sus más sinceras disculpas y salió de la sala. Y allí, en las cuadras, sintió frio, mucho frio. Frio de soledad. Porque a pesar de que sus nuevos ropajes eran nada calientes, el acabar abrazando a su amado caballo Roberto y no a su amada Marguerit, la mujer que mientras estaba allí delante de todo el mundo le miraba con sus tremendamente hermosos ojos abiertos en flor en pleno invierno,  por los cuales él cantaba cada noche, le llenaba de vergüenza. Ella también se habia percatado de lo hermoso que estaba, no se acababa de imaginar lo bien que le quedaba la ropa real, y esperaba, emocionada y con sus pucheros en los brazos, a que entonara sus notas. Pero él no pudo, por su don. Aquel don que siempre esperó usar para ella, y al final le ha resultado lo más odioso del mundo. Seguro que habia hecho un gran ridiculo delante de ella. Porque en ese momento no sintió nada de frio. Solo un corazón latiendo con un fuego que le recorria todo el cuerpo y le hacia arder, hervir, apasionar la sangre.
Y esa noche lloró. Sintió frio en la soledad. Y entonces cantó. La más hermosa canción de amor. Acariciando el lomo a Rodolfo, pero sus ojos tan solo cantaban por los de la más hermosa flor de cada invierno, cantó por amor.

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